Ibn Asad
Un lector me comentaba después de la lectura de El Hijo de León: "Tú debes de ser rico. Estoy seguro." Y yo le pregunté: "¿Por qué?". A lo que me respondió: "Porque a los pobres no les preocupa el fin del mundo sino llegar a fin de mes." A pesar de la sabiduría que demuestran estas palabras, este viejo lector se equivoca en dos cosas: 1) No soy rico (al menos, no, en dinero); y 2) Lo cierto es que yo nunca he abordado una cuestión parecida a un "Fin del Mundo", porque no tengo cualificación desde mi contexto iniciático. A nivel personal, según la reflexión de este hombre, debo de ser también "pobre" de espíritu, porque la cuestión del "Fin del Mundo" desde una perspectiva religiosa -digamos judeocristiana- me resulta irrelevante. No me interesa eso. Tampoco me preocupa.
Lo que sí que he tratado extensamente en ese libro (supongo que este amigo se refería a eso) es algo muy diferente y que no tiene ninguna relación con lo que vulgarmente se llama "religión". Me refiero al fin, sí, pero al fin de una humanidad (nuestra humanidad, humanidad no como animal, no como especie biológica, sino como paradigma existencial). El fin de una humanidad que solapa el comienzo de otra, no tanto a modo de telón teatral que caerá en el futuro para separar los actos, sino como un proceso de transformación del que -ya; sí, sí, sí: ¡ya!- formamos parte. ¿Lo dudan? ¿De veras se imaginan en 2035 haciendo esto que están
