Ibn Asad
Debatir sobre
política en España se reduce (y siempre se ha reducido, admitámoslo) al
arte de la eufemia y de la infamia; un partido de tenis consistente en
difamar con discursos que suenan a otra cosa mientras se restan las
bellas palabras servidas. Eso es, en definitiva, un debate político que
no sólo es que se fundamente en la palabrería más hueca, sino que dicho
“debate” resulta ser, en sí mismo, un eufemismo neto: nadie debate nada.
Y
en esa simulación circense del blablablá en la que todo es bluf, las
voces aparecen y desaparecen al último grito del mal gusto; en los
últimos meses (y con seguridad en los próximos) la palabra de moda está
siendo y será “casta”. “Ser de la casta”, “pertenecer a la casta”, “hacerse de la casta”… Decir “casta” es in
hasta que la imposición de la prensa rosa-política y la sepia-económica
digan otra cosa. El término fue una invención no de Pablo Iglesias
Turrión como se piensa, sino de una Extrema Izquierda italiana en la que
el líder de Pokémon se inspira constantemente rozando el calco, la
copia o hasta el más descarado plagio. El caso es que la palabra ya se
encuentra en circulación y su uso está en boca de los portavoces de los
grupos de poder españoles, tanto periodísticos como políticos. Y cuanto
más se usa, más se obvia la solemne gilipollez que hay detrás del
término.
Y digo detrás, porque dentro de ella no hay nada: “casta” es
el enésimo eufemismo que define a brocha gorda al enemigo a eliminar
por parte de la fuerza autoritaria de turno (en este caso, la venidera).
Las fuerzas inquisitoriales (y no importa de qué sesgo: fascistas,
comunistas, anarquistas, religiosas, ateas… las que sean) siempre
necesitan un saco donde meter a todo aquel que amague con delatar los
abusos del poder. Las listas negras necesitan una etiqueta, un
encabezamiento aún más negro, siempre en negrita. Al
autoritarismo le gusta marcar una línea difusa que amenace a los
individuos con voluntad de quedarse en el otro lado. Porque las cazas de
brujas precisan de un grito, no de guerra, sino de denuncia: ¡Bruja!
En España, en los próximos años, esta palabra gritada será "casta".
En la última década, desde 2001, a nivel global (no sólo en España sino
en todo el mundo) la palabra arrojadiza fue (y por supuesto seguirá
siendo durante la dictadura mundial del ZOG) la voz “terrorista”. Basta que alguien señale a otro al grito de terrorista,
para convertir la vida de ese señalado en una tortura del averno
dantesco. Puesto que no son necesarias pruebas para condenar al
ostracismo: basta con un dedo índice y una palabra gatillo. Durante el
franquismo fue la palabra “rojo”. Para el nacional-catolicismo fue
“ateo”. Para el Comunismo fue “burgués”. Para los norteamericanos fue
“los rusos”. Para los talibanes fue “los infieles”. Toda corrupción de
poder busca unos cabrones expiatorios sin más cohesión de rebaño que una
palabreja vacía de contenido. En vista de lo que se está desarrollando
en España para los próximos diez años, esta función aglutinante la
desempeñará la palabra “casta”. Porque con conocimiento de la
auténtica causa y el efecto poderoso de este concepto tradicional, lo
que está ocurriendo ahora mismo en España (y de forma paralela, en otros
lugares del mundo) es el colapso de la tiranía de la casta de los
comerciantes y el advenimiento de otra tiranía aún peor si cabe: no es
ninguna Dictadura del Proletariado al uso teórico marxista, no se trata
del gobierno de los trabajadores, los obreros, los esclavos… es otra
cosa, nueva, inédita en la Historia y con función epilogal de la misma:
la venganza final de los dalits, la tiranía de los descastados.
