Ferran C. Vidal
Guerra Final: Los con Dios y Los sin Dios
Vivimos en un mundo moderno compuesto por una masa desarticulada y cosmopolita, sin ningún tipo de arraigo ni sentido del deber. Nuestra sociedad desnaturalizada, no sólo se ha apartado de los principios espirituales, sino que imagina ideas, recursos y crea instituciones para combatirlos. Es el apuramiento de Kali Yuga, donde el mundo está entregado a pérfida merced de la antitradición y gobernado por hombres sin casta ni ventura.
Tiempos en que no podemos confiar siquiera en representantes ortodoxos del catolicismo como la Fraternidad Pío X o los sedevacantistas, por su extremado sectarismo, exclusivismo y literalización de las formas sagradas. No pensamos alterar el argumento de Evola en que el declive del catolicismo no empezó con el Concilio Vaticano II, sino durante el siglo XVI, mayormente tras el Concilio de Trento, donde la concepción imperial y la noción divina de la soberanía real se secularizaron, perdiendo así la autoridad celeste el soberano para convertirse en un simple jefe político. Con Felipe el Hermoso se allanó el camino hacia el laicismo del Estado y la sublevación de los plebeyos de la Revolución Francesa, hija del Renacimiento, etapa histórica que más bien debería interpretarse como ''hundimiento''. Asentados los ideales renacentistas y un Imperio fragmentado en unidades nacionales clausuradas, la continuidad tradicional sufrió una ruptura insondable que se acusaría con el individualismo de la Reforma y, finalmente, la Justicia Solar del Orden Católico, impregnada de tales convicciones, declinó hacia al humanismo de paideia. Reivindicamos, en oposición al vigente cristianismo liberal de zalenjas y limosnas, el catolicismo tradicional de grandes discípulos como Bernardo de Claraval, Jan Ruysbroeck o Maestro Eckart. Distinguimos, pues, a un Occidente crasamente debilitado aún en las formas sagradas religiosas que todavía quedan en pie, por haber degradado éstas su conocimiento anafórico al mundo rasante de lo ético, social y contigente. El hecho de que tras la propuesta del Centro Evoliano de America, en tanto a una unión Cristiano-Musulmana, la mayoría de voluntarios hayan sido musulmanes es un diáfano reflejo a lo que exponemos.
Sin embargo, y pese a los efectos devastadores del desenvolvimiento cada vez más oscuro de este fin de Kalpa o Manvantara, el Islam sigue siendo el mayor bastión de resistencia contra el patógeno de la democracia y el liberalismo. Frente al hombre occidental, atizado por el tener, acaparar y aparentar, el musulmán reafirma su condición guerrera donde el honor y la justicia son la fuerza y ley suprema de sus vidas. La tradición islámica es actualmente la más apta para el desarrollo integral del hombre, pues permite una experiencia instantánea, liberadora e inamisible, donde lo individual se intersecta y eleva soberanamente hacia la universalidad querigmática. Abandonado el Axis Mundi, a Occidente le queda sólo vivir en un mundo sin alma, poblado por hombres venales, irresponsables, corruptos e inmorales. Seres sectarios, desleales y hedonistas, donde el cinismo, el engaño y la lascivia forman la materia prima de su naturaleza desalmada. Es el plasma del arquetipo de hombre emotivo y