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Cualquiera diría que allá la casa se halla a punto de derrumbarse por cuenta de la crisis.
Hay que ser exageradamente ingenuo para creer que las cadenas
informativas privadas entrelazadas mundialmente tienen como propósito
difundir la información de modo objetivo e imparcial. Ellas son
empresas, compañías por acciones manejadas por grandes grupos
económicos, que se ocupan las veinticuatro horas del día en hacer
negocios y obtener enormes ganancias. Cualquier noticia que provenga de
ellas pasa por el riguroso filtro del ánimo de lucro.
Para ellas el mundo tiene que ser como lo determinen el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, la OMC y demás poderes internacionales
empeñados en acrecentar sin tregua la cuota de ganancia de las
omnipotentes corporaciones transnacionales. Mientras eso ocurra sin
alteraciones, la información puede adquirir carácter anecdótico y
lúdico. Los gobiernos, particularmente, podrán gozar de su mirada
benevolente, hagan lo que hagan.
Ningún crimen resulta más repudiable para los grupos económicos
dominantes a nivel nacional, continental y mundial, que el de
arrebatarles una presa, aunque sea una sola, de la cual puedan derivar
ganancias para acrecentar su riqueza. Es por eso que la revolución
bolivariana de Venezuela no puede ser admitida bajo ningún punto de
vista. En dicho país se atrevieron a recuperar el petróleo y su renta
para destinarlos al bienestar del conjunto de su población.