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Debe de ser que somos unos conspiranoicos. O eso, o unos antisemitas. O las dos cosas, porque si no, no me explico tanta suspicacia para escandalizarse con esto: el lobby judío ha construido por medio de la mafia subordinada neopentecostal brasileña del magnate prevaricador y procesado corrupto Edir Macedo, el mayor templo de la historia post-moderna, levantado con piedras extraídas de Israel (transportadas 11.000 kms) e imitando los preceptos de “las escrituras que hablan del Templo de Salomón”. Vamos, que se lo han sacado de la manga (pues no hay planos de ningún Shopping Center en la Torá ) y si alguien critica tan grotesca arquitectura, siempre se podrá disculpar diciendo que Yahvé creó a los hombres así de horteras. Él así lo quiso.
Quien conoce São Paulo y ha vivido en esta jungla de la modernidad y el satanismo, sabrá cuánto cuesta el metro cuadrado en su centro, cuánto cuesta un alquiler en Brás, cuánto se cotiza el local comercial. Pues bien: el Templo de Salomón brasileño tiene un área equivalente a dieciséis campos de fútbol, unos 70.000 metros cuadrados en pleno São Paulo, unos sesenta metros de altura (límite en que algunos arquitectos empiezan a hablar de “rascacielos” ), una obra con un presupuesto que oscila entre unos 300 millones de euros (según fuentes propias de la media judeocristiana brasileña) a los más de 600 millones de euros calculados por periodistas independientes.
Con la intención de (abro comillas de Edir Macedo) “emular un muro de las lamentaciones en América Latina” compraron y transportaron 40.000 metros cuadrados de rocas extraídas del moderno Estado de Israel pre-pago de una factura que ascendió al millón de euros. El Templo acoge una escuela bíblica con la que se lavará el cerebro de más de mil niños por día. También dispone de una réplica del Arca de la Alianza (la de Indiana Jones, supongo), un aparcamiento para dos mil coches, 420 pantallas de plasma, asientos para 4.000 personas, más de 200 profesionales que trabajarán ahí de Domingo a Sabbath… pues bien, venga, vale, vayamos al grano: ¿Quién paga todo este rollo? Antes de acusarme de anticristiano, antisemita, antijudío, antidios, antiloquesea… déjenme responder a esta sencilla cuestión: ¿Quién hace toda esta basura posible?
El judeocristianismo actual de América Latina es un collage de dos colores; el primer elemento de la composición es una decrépita y perdida Iglesia Católica completamente desvinculada de cualquier núcleo tradicional, representada por un Papa Bergoglio cuya relación con el judaísmo es, cuanto menos (digámoslo suavemente), estrecha. El otro color, el que aquí ocupa, en creciente y exponencial expansión, es el protestantismo de origen judeo-norteamericano, en lo que difusamente se hace llamar “evangelismo”. Una de esas miles de iglesias (¿Por qué hay tantas si son todas esencialmente lo mismo?) es La Iglesia Universal del Reino de Dios, la responsable del Templo de Salomón de San Pablo. Esta “iglesia” (como las otras) aun siendo de fundación local, fueron sufragadas y diseñadas por el lobby judío norteamericano, tal y como documenta Gerard Corby y Charlotte Dennett en su obra de periodismo de investigación Thy Will Be Done: Rockefeller and Evangelism in the Age of Oil.