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Por las Bravas
Me gustan las mujeres, especialmente la mía. Empezar un texto con una confesión así pondrá en alerta al Feminazismo: “Vamos a ver lo que dice este tío raro…” Y es que algo tan natural como expresar el gusto por el sexo opuesto se ha convertido en una provocación para las fuerzas fácticas de los teóricos sexuales del Ministerio de Igualdad. Basta que un hombre heterosexual se exprese como tal fuera de contextos ad hoc (como las pocilgas de la pornografía) , para ponerlo bajo sospecha de “sexismo”. Basta que un hombre diga ser eso mismo para que el establishment tiránico del género neutro, se ponga de uñas. ¿Pero qué culpa tengo yo si me gustan las mujeres más que a un tonto un lápiz? ¿Y qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo?
Me gustan las mujeres, hoy aún más que hace veinte años. Gustan más, precisamente, por haberse convertido en un bien escaso. Las mujeres que ahora tienen más de veinte y menos de treinta, conforman la primera generación adulta en crecer bajo el massive attack contra la naturaleza femenina, teledirigida por una tecnología que, tanto a hombres como a mujeres, nos está friendo de cintura para abajo. No es sólo la radiación, la química y las técnicas de una ingeniería sexual que erradica cualquier rasgo que, hace sólo veinte años, hacía distinguir a un hombre de una mujer. No se trata sólo de eso (de la técnica aplicada a la castración) sino de unas ciencias sociales volcadas en el desprecio de las diferencias sexuales: líderes políticos y referentes de éxito en dónde el género, la genitalidad, el tener peseta o pilila… no se corresponde con ninguna identidad sexual. ¿Pues qué tienen en común Hillary Clinton, Dilma Rousseff, Angela Merkel, Ana Botella, Cristina Kirchner, Pilar Rahola, Carme Chacón…? No sé qué tienen en común, pero sé lo que no tienen: nada propio de mujer se puede encontrar en estas personalidades además del nombre. Cualquiera de esas “mujeres” puede ser sustituida en el cargo por un presunto varón, y no cambiaría nada: ni la más mínima y sensible diferencia se va a encontrar entre aquel viejo mundo gobernado por hombres y este valiente mundo nuevo en donde, al menos en apariencia, quien manda lleva falda y no pantalón. Quizás a eso se reduzca todo, a una cuestión de moda y vestuario: me imagino mejor a un Mariano Rajoy travestido, que a una Christine Lagarde actuando con la dulzura de una muchacha. Veo más a un Barack Obama participando en alguna reivindicación parade a favor de los gays, que a Saénz de Santamaría poniéndose guapa para un encuentro amoroso. Visualizo con más facilidad a un futuro presidente con melena y pendiente (y barba), que a una primera dama, no ya femenina ni atractiva, sino mínimamente creíble (porque lo de Elvira Fernández yo no me lo creo). Porque no nos gobierna ningún hombre ni ninguna mujer: nos gobierna una burocracia asexuada, emasculada, anti-femenina, en donde la crueldad del peor hombre y la perfidia de la peor mujer, se aúnan para hacernos a todos iguales. Igual de pobres. Igual de feos. Igual de iguales. En vez de discutir sobre el sexo de los ángeles, deberíamos averiguar el género del Diablo: nos gobierna alguien que no es ni hombre ni mujer, sino todo lo contrario.